martes, 31 de enero de 2017

LA ÚLTIMA ESTACIÓN



Dice una teoría del apoyo social, que la vida es como viajar en un tren en el cual entra y sale gente. Las personas, las más importantes, se sitúan cerca de nosotros y otras no tanto. Cuando experimentamos un suceso vital, llegamos a una estación y en ésta, algunos viajeros bajan y suben otros nuevos. Cada tren es diferente, con distintos seres humanos y estaciones. Aunque en realidad, una persona no pueda estar en dos sitios a la vez, sí que puede estar en más de uno de esos trenes con vagones repletos.


Y allí estaba yo, en mi tren, que se encontraba completamente vacío. Viajaba sin rumbo, a la deriva y a ciegas.  Por las ventanas, se vislumbraba el mundo lleno de colores, luces y sombras, sin que yo le prestase ninguna atención. No recuerdo cuando se vació el convoy, ni de cuando me di cuenta de que el hilo musical que me acompañaba era el silencio, pero sí sé exactamente cuando dejó de importarme quien estaba y quien no, fue en la estación en la que mi compañero de viaje más amado se bajó del tren.

Dicen que en la vida todo ocurre por alguna razón, aunque eso no implica que vayas a saber cuál es o que si la encuentras vaya a ser verdadera o te complazca. A mí me daba igual la razón o el porqué, lo único que sabía es que me había sucedido, me había sucedido a mí y lo hubiese dado hasta mi corazón por viajar en el tiempo y cambiar la situación. Pensándolo bien, de cierta manera lo di. Pero el pasado, pasado es y no se ha inventado maquina alguna en la que viajar y cambiarlo, o al menos eso cuentan.

Al llegar un suceso vital a tu vida, trastorna todos tus planes. La guía de ruta que tenías marcada para tu viaje se desvanece quedándose completamente en blanco, sin que puedas hacer nada detenerlo. Un cúmulo de sentimientos se arremolinan en tu cuerpo cuando sucede, causando reacciones diversas que ni tú mismo entiendes. Lloras, ríes, te enfadas, lo intentas afrontar, odias… no sabes cómo reaccionar, tu cerebro nota que algo no funciona correctamente y te manda millones de diferentes señales, que no funcionan, para intentar solventarlo. Pero la sensación que te abraza sin soltarte es la frustración, recordándote sin descanso que ya no tiene solución.

Cuando tus engranajes dejan de funcionar bien por una razón concreta, dicen los expertos que sufres un trauma o un shock y su labor se basa en proporcionarte los recursos necesarios para que puedas hallar la solución. Es un método que a muchas personas les funciona eficazmente. Por mucho que te digan que entienden que te está pasando, tienes la certeza de que es imposible y allí están ellos, con sus trenes llenos, diciéndote que debes volver a pararte en una nueva estación y abrir las puertas. Pero esas puertas estaban soldadas y lo único que encontraban aquellos que intentaron entrar, era un agujero hacia el vacío.  


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